
CAPITULO 1
Todas las mañanas despertaba con los reflejos del amanecer que traspasaban la delgada cortina que había en mi cuarto, miraba el reloj, daba un par de vueltas en la cama, estiraba todos los músculos de mi cuerpo, con posiciones un poco contorsionadas, hasta decidirme y convencerme que tenía que levantarme, generalmente aquel rito matutino duraba entre diez y quince minutos. Costumbres, manías, todo era igual, ya ni las mañanas me parecían tan hermosas. Desde un tiempo hasta ahora, comencé a desear que no terminara la noche, que me regalara momentos más largos y tranquilos, pero era extraño pedir que a las once de la mañana aun mi hermosa noche siga despierta, que después de haberme velado los sueños, al despertar mis ojos pudieran verla.
Una llamada telefónica, interrumpió mi desayuno ¡Era él! el ser que hacía un par de meses hasta el último de mis días, le había dado sentido a mi vida, era el que distorsionaba mi mente, mi mundo, el que conseguía que saliera a altas horas de la noche a encontrarme con él, era el que me regalaba besos en mi ventana en la madrugada, era el que escribía pequeños panfletos en inglés y los pasaba por los diminutos espacios entre los marcos de mi ventana cuando dormía, fue el único que me obsequió un libro dejándolo bajo mi almohada. Siempre se las arreglaba para ir a verme sin que nadie se diera cuenta, totalmente desapercibido, tanto así que ni yo me percataba de su presencia. Era él quien había endulzado mis oídos con su voz a esa hora de la mañana, era Vicente.
CAPITULO 2
Lo esperaba en la plaza, sentada en la misma banca de siempre, con un cigarro en la mano y mil ideas que apuñalaban mi cerebro a cada segundo. El frío era inconsciente al traspasar por mis ropas y calar hasta lo más profundo de mis huesos, que en ese entonces, pedía a gritos los brazos de mi amado Vicente, los que harían recuperar la tibieza de mi piel. Había una neblina espesa, la visión no era nítida a un par de metros y las calles parecían desaparecer bajo las blanquecinas alas de la neblina. El mar lo escuchaba danzar tranquilo, con una calma que, casi siempre me hacía sonreír y recordar mis estados anímicos cambiantes, que él solía decirme que no soportaba, pero me amaba de igual forma. En eso nos parecemos con el mar, siempre tan jodidamente relativos. Sí, quizá sea un desastre para amar, un ser sin corazón a veces, y otras una niña tierna, dispuesta a entregar hasta sus ojos por si un día él quedará ciego. Esto de tener que lidiar con mi bipolaridad y mis celos silenciosos, me llevaba a cometer imprudencias que dejaban marcas en mí, pero con el tiempo se sellaban y dejaban pequeñas estelas y las olvidaba.
A lo lejos veo su andar armonioso, sus pasos rectos y suaves, dirigiéndose hacía mi, con su chaqueta verde de género, sus zapatillas negras (eran sus favoritas), sus jeans negros, que usualmente los usaba algo ajustados. Me encantaba ver su figura esbelta.
Vicente era un joven de 26 años, de piel blanca, cabello negro y algo ondulado, de 1.78 de estatura aproximadamente, de ojos café claro y unos labios carnosos pero delicados. ¡Oh, para mi era el más hermoso de todos los hombres existentes en la faz de la tierra!
Aun recuerdo el primer encuentro de nuestras pupilas. Estábamos en un recital de una banda de rock alternativo llamada “Somnífero”, él estaba a unos escasos metros de mi lado izquierdo, moviendo sus labios suavemente al cantar los temas de la banda. Yo, por mi parte, disimulaba mirar por todos lados y siempre mi mirada volvía a caer en su rostro. Creo que él noto que alguien lo observaba, su mirada calló en mis ojos, me sonrió y siguió cantando y moviéndose lento al compás de la música. Me ruboricé como una niña y casi vomito mi corazón por la boca, los latidos lo sentía retumbar hasta mi cerebro. Qué sensación más extraña estaba experimentando en ese momento, todo lo escuchaba lejano, pero no mi corazón agitado, que ensordeció al resto del ruido existente en aquel recital.
Al terminar “Somnífero”, traté de volver a encontrar aquellos ojos hipnotizantes, recorrí todo el perímetro del lugar, pero nada; él ya no estaba y mi corazón se entristeció tanto que corrí hasta mi casa sin parar, pasando los semáforos en rojo, sólo quería llegar a mi cuarto, tenderme en la cama y llorar por la pérdida del ser más bello, jamás visto en mi vida.
Al llegar a la esquina de la cuadra de mi casa, vi una figura que me resultaba familiar. Seguí caminando despacio y mi corazón comenzó a latir más rápido que de costumbre. Mi gran sorpresa estaba en la esquina de mi hogar. Aquellos ojos hipnotizantes estaban mirándome y esperando mi llegada. No lo podía creer, era la realidad más deseada ¿Cómo llegó hasta mí? no lo sé.
Ese día fue el más intenso de todos. Desde ese instante mis días fueron delirantes, mágicos y tormentosamente exquisitos…
Capítulo 3
Esta vez, había algo raro en él, mientras avanzaba y su distancia se hacía más corta, podía notar su mirada penetrante y eso, verdaderamente, me colocaba en un estado de nervios e intranquilidad. En realidad todo lo que tenía que ver con Vicente me ponía nerviosa, ansiosa, perdida en escalofríos; mi corazón se agitaba de igual forma como la primera vez en que lo vi y aún más cuando su figura, su olor, su nombre, despertaba todos los sentidos en mi cuerpo.
Cuando llegó y se detuvo frente a mi sin articular palabra alguna y yo tampoco, me miró y estrechó sus brazos en mi congelado y tieso cuerpo. Se acercó por mis mejillas y besó mis labios. Fue un beso tierno y delicado como solía hacerlo cuando nos encontrábamos, sea el sitio que fuese.
El tiempo pasaba, entre caricias, preguntas típicas, miradas fugaces y detenidas, besos largos, besos cortos, abrazos y demás…
Encendí un cigarro. Me alejé de Vicente y comencé a dar vuelta de un lado a otro como león en su jaula. Miré su rostro y noté una palidez extrema. Podría haber sido el frío, mis vueltas o… no lo sé. Di un suspiro largo y doloroso, dando el quiebre al silencio tormentoso. Sí, para mi era un silencio tormentoso, porque nuestro encuentro tenía un significado, a parte de anhelar vernos. La llamada telefónica que habíamos tenido en la mañana era el responsable de nuestra cita tan cronometrada…Sea cual sea la verdad que quería decirme, cierta culpa caería en mí, por haberlo abandonado aquel día, en las puertas del Edificio Central, haberme subido al colectivo sin dar la vuelta y no haber corrido nuevamente donde estaba él, demostrándole que lo amaba a pesar de todo y por sobre todo.
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Atte.
M.E.P.